Es la segunda noche desde que me fui. El día se hizo eterno mientras evitaba llorar. A las 19:03 cayeron mis primeras lágrimas.
Durante el día venía a mi mente el momento en que tendría que poner dirección a otra casa y no a mi hogar; sentía una presión en mi pecho cada vez que esos pensamientos aparecían y ese nudo en la garganta que te impide comer e incluso respirar.
Por horas pensaba en qué te iba a decir, cómo empezar una conversación sin ser rechazada.
Finalmente interactuamos, no más de dos o tres frases. ¿Quieres conversar o aún no? Fue lo que decidí escribirte. Me imaginaba hablando por teléfono o videollamada sentada en la misma cama en la que ahora estoy escribiendo. Yo te decía que entiendo tu postura, que me equivoqué y que pondré mi esfuerzo en evitar las situaciones que te hacen sentir mal. Tú me decías que entendías que yo reaccionara así, que el estrés te hace sentirte molesto por todo. Que me amas y quieres que vuelva a la casa porque somos una familia y que aprendemos de nuestros errores.
Pero no, me dijiste "No, todavía no. Solo te diré que te extrañamos. Ven a verlas mañana un rato" se refería a nuestras perritas. Me rechazaste.
Sé que yo decidí irme: quería darte tu espacio, que bajaras las revoluciones conmigo, que te des cuenta de lo importantes que somos el uno para el otro. Y ha sido la decisión más difícil y dolorosa que he tomado. Dejé mi corazón en nuestra casa, contigo y nuestras bebés. Por eso te respondí que no me da el corazón para eso, para ir a la casa, ver a las perritas, verte a ti y luego volver a irme: eso me va a destrozar.
Me siento vacía, me siento a la deriva.
Quiero saber qué piensas, si me extrañas tanto como yo a ti, si crees que me fui feliz con esa decisión.
¿Entiendes que para mí es un sacrificio? Estoy arriesgando todo: quedarme sin ti, porque puede que te des cuenta de que ya no quieres pasar tu vida a mi lado.
Tengo tanto miedo.
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